Pasado, presente y futuro de las novelas históricas

Las novelas históricas bucean en la historia para rescatar héroes y aventuras extraordinarias de un pasado verosímil y muy documentado.

Mejores novelas históricas

¿A qué llamamos novelas históricas? Lo cierto es que cuando se trata de literatura todos los límites son un tanto imprecisos, y el género de la narrativa histórica no es una excepción. Sin embargo, sus perfiles se han ido definiendo poco a poco a lo largo de los últimos dos siglos, década arriba o abajo; y en general, se consideran novelas históricas aquellas obras de ficción que se sitúan en un pasado más o menos lejano, recreando con cierto rigor esa época y haciendo que personajes o hechos históricos formen parte de la narración.

Eso significa, entre otras cosas, que no basta con inventar una aventura y acomodar la acción en una época distante para hacer una novela histórica. Si no hay verosimilitud y un concienzudo trabajo de documentación que nos permita creer y vivir esa atmósfera, tendremos un simple escenario de cartón parecido al de las funciones escolares de teatro. Y si, por otra parte, el autor no es hábil construyendo una historia, creando diálogos y dando vida a los personajes, se derrumbará su libro por mucha erudición que posea sobre la época de marras. Así que escribir una novela histórica requiere, sin duda, resolver una difícil e intrincada cuestión de equilibrio entre conocimiento e imaginación, y ser capaz de unir a la tenacidad del estudioso el viejo arte de los narradores. 

¿Cómo y cuándo nació la novela histórica?

No hay sobre esto demasiadas discusiones: fueron los aires románticos del XIX, con su mirada nostálgica e idealizada sobre el pasado, los primeros responsables de un género que habría de tener un largo y fructífero recorrido. Se trata de un período en que los nacionalismos germinan y buscan glorias, raíces e identidades en otros tiempos; así que los escritores bucean también en el profundo abismo de la historia para rescatar héroes y aventuras que a veces tienen ese trasfondo político o colectivo, y a veces sirven de pura evasión en un mundo desconcertado y sacudido por los cambios de la modernidad que llega.

Se puede decir que las novelas históricas ya habían tenido algunos abuelos en el siglo XVIII, pero sus intenciones eran más moralizantes que otra cosa. Ahora es el turno del padre y primer gran nombre del género, el escocés Walter Scott, quien ya cuarentón publica en 1814 Waverley, la primera de las muchas obras de ese corte que escribirá. Solo cinco años después da a la imprenta la inmortal Ivanhoe, ambientada en la Inglaterra del siglo XII con sus sajones, sus normandos, sus bosques y sus arqueros.

La entusiasta acogida de las novelas de Scott, a quien se deben otros clásicos como Rob Roy o El pirata, animó a los autores de otras latitudes a seguir la senda abierta por el escocés. Nikolái Gógol mira en Tarás Bulba hacia los fieros cosacos que galoparon en tiempos por la vieja Ucrania; Alexandre Dumas regala al mundo la extraordinaria Los tres mosqueteros mientras vive sus años de gloria y fortuna, e incluso un país de recorrido tan corto como los Estados Unidos encuentra en James Fenimore Cooper quien se ocupe de narrar las historias de su pasado con El último mohicano

El siglo avanza y las añoranzas de los románticos van siendo sustituidas por el pujante realismo, pero, navegando entre unas y otras tendencias, la novela histórica no pierde aliento. Durante la segunda mitad de la centuria, Flaubert se da una vuelta por la remota Cartago en Salambó, y Victor Hugo publica Los miserables mientras Tolstói se despacha a gusto con Guerra y paz. Ya al borde del nuevo siglo, el polaco Henryk Sienkiewicz viaja a la Roma de Nerón en su célebre Quo Vadis?

El loco siglo XX

No es que el cambio de siglo restase empuje a las novelas históricas, pero el género fue quedando progresivamente sometido a los vaivenes de las modas, cada vez más cambiantes y menos duraderas. También recibió la influencia de los fecundos experimentos literarios de la época y expandió sus posibilidades narrativas y sus recursos expresivos. El resultado fueron obras capitales como La muerte de Virgilio, de Hermann Broch, o la popularísima Yo, Claudio, de Robert Graves. 

Pero no solo de antigüedad vive la novela histórica de este período; la Edad Media es el caldo de cultivo de rotundos best sellers como Los pilares de la tierra, de Follet, uno de los libros más vendidos de todos los tiempos, o El nombre de la rosa, de Umberto Eco, cuyo tirón fue reforzado por la exitosa versión cinematográfica. Otros nombres y perfiles, como los de Patrick O’Brian o Gore Vidal, se hicieron a su manera un lugar en la narrativa histórica del XX; y un puñado de libros, finalmente, lograron trascender la condición de novela de género y alcanzar la de obra mayor de la literatura en general. Ese es el caso de alguna de las ya citadas, y también el de Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, o Bomarzo, de Manuel Mujica Lainez, muestras ambas de asombrosa erudición. A esa lista habría que sumar las espléndidas El siglo de las luces y El reino de este mundo, del cubano y exuberante Alejo Carpentier.

Las novelas históricas españolas

En España hubo también quienes recogieron el decimonónico testigo de Walter Scott. Entre ellos estuvieron Larra, con El doncel don Enrique el Doliente, y Enrique Gil y Carrasco con El señor de Bembibre. Pero, superados los sarampiones y los ejercicios miméticos, las letras hispanas iban a dar un clásico cuya talla no sería reconocida por el premio Nobel por razones ajenas a lo literario, y cuya inverosímil capacidad de trabajo se plasmaría en los Episodios nacionales, fresco realista que abarca casi todo el siglo XIX español. A la colosal obra de Galdós se sumarían las Memorias de un hombre de acción, de Baroja, y las incursiones en el género de Valle-Inclán.

Las novelas históricas españolas no recobrarían plenamente la salud hasta el final del franquismo y la restauración democrática. Terenci Moix triunfa entonces con No digas que fue un sueño, y el veterano y genial Torrente Ballester retrata la corte de Felipe IV en Crónica del rey pasmado. Poco después, Pérez-Reverte inicia su popular saga del capitán Alatriste y Soldados de Salamina, de Javier Cercas, da un pelotazo inesperado con una historia de la Guerra Civil.

Superado el año 2000, un autor como Santiago Posteguillo, de formación académica, hace revivir en las novelas históricas españolas el interés por la antigua Roma. Sus trilogías centradas en figuras como Escipión el Africano o el emperador Trajano se han convertido en superventas, aprovechando los vientos favorables que durante los últimos años han soplado para la narrativa histórica. Incluso una editorial vinculada desde siempre al género, como Edhasa, decide convocar un premio anual destinado a nuevas narraciones que rescaten tiempos pretéritos.

La actualidad y el futuro que se intuye 

Acerca de la enorme popularidad actual del género resulta inevitable no preguntarse cuánto hay de interés real por la historia y cuánto de simple tendencia editorial y comercial. En cualquier caso, las ventas y los éxitos de los autores dedicados a la ficción histórica se han dado durante un tiempo suficientemente largo como para haberse consolidado, al menos aparentemente, en las preferencias de los lectores.  

La antigüedad clásica de Grecia y Roma sigue resultando inagotable, e inspira obras como Salamina, de Javier Negrete, Imperium, de Robert Harris, o las series de Simon Scarrow sobre los legionarios Macro y Cato. Bernard Cornwell, por su parte, recurre a los vikingos del siglo IX para construir Northumbria, el último reino. Y muy diferentes son obras como la premiada Hamnet, en la que Maggie O’Farrell se traslada al tiempo y a la peripecia personal de Shakespeare, o el Robespierre con el que Javier García Sánchez se añade a la ya larga y saludable lista de novelas históricas españolas.

Ivanhoe, Walter Scott
Walter Scott
Ivanhoe
Tarás Bulba
Nikolai Gogol
Tarás Bulba
Salambó
Gustave Flaubert
Salambó
Los miserables
Victor Hugo
Los miserables
Guerra y paz
Liev Tolstói
Guerra y paz
La muerte de Virgilio
Herman Broch
La muerte de Virgilio
El nombre de la rosa, Umberto Eco
Umberto Eco
El nombre de la rosa
Bomarzo
Manuel Mujica Lainez
Bomarzo
Episodios nacionales
Benito Pérez Galdós
Episodios nacionales
El reino de este mundo
Alejo Carpentier
El reino de este mundo
No digas que fue un sueño
Terenci Moix
No digas que fue un sueño
Hamnet
Maggie O’Farrell
Hamnet
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