Haikus: de Matsuo Bashō a Internet

El haiku concentra, en unas pocas palabras, la fascinación del ser humano ante la naturaleza que lo rodea y acoge.

Haikus

El soneto de los haraganes. Esa es la chusca definición que el escritor José Luis García Martín dio de los haikus, un antiguo tipo de composición poética japonesa cuya popularidad en Occidente ha crecido a toda velocidad en las últimas décadas.

Es cierto que el haiku, como el soneto, ha de respetar una forma concreta: exactamente diecisiete sílabas dispuestas en tres versos de cinco, siete y cinco. Pero más allá de cuestiones formales, en su raíz está la fascinación del ser humano ante la naturaleza que lo rodea y acoge. Se trata de un ejercicio de sutileza cuyo objeto es concentrar, en unas pocas palabras, la hermosura de un instante desde la piel de quien escribe. Porque un haiku brota de algo epidérmico; una sensación que se debe transmitir con la desnuda sencillez impuesta por lo breve de la estrofa.

Las composiciones tradicionales suelen contener una referencia a los cambios de estación, llamada kigo, y detenerse en los colores, los olores y los murmullos del escenario. Todo es parte de una delicada forma que no parece posible desvincular de la filosofía, la lengua y la tradición japonesas, y que de algún modo corre el riesgo de perder su esencia cuando se traslada a otros idiomas y culturas. La simplicidad de los haikus clásicos, en cualquier caso, ha disparado su popularidad entre los aficionados a la poesía, que algunas veces logran imágenes de sorprendente belleza que rescatar de entre miles y miles de versos más bien adocenados.

El lejano origen de los haikus japoneses

En el viejo Japón medieval se pueden rastrear formas poéticas que hicieron de germen de los haikus. Una de ellas, llamada haikai-no-renga, era una obra colectiva en que los poetas se iban turnando y respondiendo para producir una composición encadenada de estrofas de diferente autor. Matsuo Bashō, sin embargo, le dio toda la importancia al poema que iniciaba aquella cadena y recibía el nombre de hokku. Lo separó del resto y lo llevó, junto con otros autores como Onitsura, a nuevos niveles de pureza y expresividad. 

Bashō, que llegaría a ser considerado uno de los grandes maestros del haiku, había nacido en 1644, cuando en esta parte del mundo apenas le quedaba un año de vida al pendenciero y genial Francisco de Quevedo. Recorrió los caminos del Japón de entonces, vivió en una cabaña que le construyeron sus discípulos, hizo meditación zen y convirtió en haikus sus mil y una sensaciones vitales, aunque ese término, haiku, no se emplearía hasta mucho tiempo después de su muerte. Fue muy popular en vida, y algunos de sus versos, como los que siguen, se tienen por clásicos fundacionales del género:

Un viejo estanque
Una rana que salta
El sonido del agua

A Yamaguchi Sodo y Konishi Raizan pertenecen, respectivamente, estos otros dos ejemplos de haiku clásico:

Esta primavera en mi cabaña
Absolutamente nada
Absolutamente todo
Mil pequeños peces blancos
Como si hirviera
El color del agua

No solo de naturaleza vive el haiku. ¿O sí?

Puede parecer que las composiciones tradicionales se han limitado a los estanques, las hojas o el olor de la tierra después de recibir la lluvia. Y, de hecho, en la obra de los padres del género apenas existen haikus de amor o haikus de amistad individualizados. Algo que resulta sorprendente si tenemos en cuenta que se trata de poesía, y que los versos de cualquier tiempo y lugar han tomado repetidamente la forma de poema amoroso

Pero la perspectiva cambia al pensar que en un haiku tradicional la naturaleza lo abarca todo, e incluye, por tanto, al ser humano como incluye cualquier manifestación de la vida. No hay diferencia entre lo más pequeño y lo más grande, y una composición sobre una gota de agua habla, igualmente, sobre cualquiera de nosotros. La popularización de los haikus en los tiempos modernos, sin embargo, ha ensanchado su horizonte hasta no dejar fuera ninguno de los temas recurrentes de la poesía.

El haiku en las letras de otros países

Son legión los escritores de otras latitudes que han adoptado, cada uno a su manera, la anciana forma poética japonesa nacida en la literatura japonesa. El haiku ha tenido especial fortuna en Latinoamérica, donde autores como Octavio Paz o el mismo Jorge Luis Borges lo han practicado. También llegó a manos de autores españoles tan relevantes como Antonio Machado, quien hace más de un siglo lo deslizaba en su propia obra poética, el cascarrabias Juan Ramón Jiménez o Ramón Gómez de la Serna, tras cuyas audaces y breves greguerías laten las diecisiete sílabas llegadas del sol naciente.

¿Es un imperio
esa luz que se apaga
o una luciérnaga? 

Jorge Luis Borges
Primavera vino.
Violetas moradas,
almendros floridos

Antonio Machado
El agua no tiene memoria:
por eso es tan limpia

Ramón Gómez de la Serna
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